Escribe Lucio Vellucci
En la ciudad de Tigre hay una pequeña sala llamada Parto Teatro. Es increíble el fenómeno, lo poco que necesita para producirse el hecho artístico. Cuando existe la necesidad de generar espacios nuevos, lugares que posibiliten el acontecimiento teatral, pareciera no haber trabas u obstáculos suficientes para clausurar la proliferación del arte. Es notable, también, el modo en que los artistas tarde o temprano terminan encontrando, creativamente, un lugar en el mundo para contar sus historias, para poner el cuerpo en escena. Por fuera de las lógicas del mercado, de la burocracia de los organismos, siempre es posible el acto de rebeldía: no importan las políticas de vaciamiento cultural, el desfinanciamiento de los programas de apoyo a los artistas, el arte es ese perpetuo nacimiento, no hay intento de aborto que impida su parirse a sí mismo en cualquier recoveco.
El sábado 22 de marzo, a las 21 horas, el parto fue natural. Cuando los actores salen a escena, la obra vuelve a nacer, es la esencia del teatro. Tras la larga espera de los dramaturgos y el pujar insistente de los directores, rompen en llanto los cuerpos actorales sobre un amplio escenario iluminado o un cachito de lugar amorosamente preparado para la consumación de una vida nueva. Cada acontecimiento teatral es un nuevo nacimiento, no importa si la obra se presenta por enésima vez. El teatro se pare, existe de cuerpo presente, no subsiste en soportes técnicos y, para volver a ser, los elementos dispersos deben volver a integrarse en un todo.
En este caso, más que nacimiento, habría que hablar de la doble germinación. Dos piezas breves que, de distintas maneras, hablan, ni más ni menos que de plantas. Dicen que no hablan las plantas, de Carolina Mazzaferro y La santa rita, de Guido Zappacosta. Más bien, diría, que hablan de la relación que tenemos con las plantas. Ellas están ahí, quietas, es decir, aparentemente quietas, esperando el riego o la poda, buscando la luz adecuada en un balcón o en un patio, combatiendo con los insectos depredadores, haciendo su fotosíntesis diaria como quien no quiere la cosa.
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Dicen que no hablan las plantas
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Las plantas son parte de nuestra cotidianeidad y el aire que respiramos, cómo no hablar de las plantas. O mejor, como plantea la obra de Mazzaferro, a quién se le ocurriría pensar que no dialogan entre sí en el silencio de nuestra ausencia, que sienten y nutren el hogar con el humor de los versos de la dramaturga. O quizá, como en la obra de Zappacosta, cómo no conversar con las plantas, decirle a cada una lo que necesita escuchar, con paciencia hasta la locura.
En Dicen que no hablan las plantas, Mazzaferro da a las plantas un diálogo en versos que resulta desgarradoramente cómico. Es cierto, el trabajo de Joaquín Sesma, Tamara Belenky y Maite Rodríguez Chietino en sus papeles de jazmín del país, santa rita y cactus respectivamente, es realmente para hacer esquejes. En tiempos en los que se busca la risa fácil, cuando no la carcajada complaciente, hacer humor es una cosa muy seria. El trabajo de la dramaturga encuentra en sus cuerpos actorales la clave para no hacer de la risa un ejercicio banal; en la rima una gracia que revela talento en el uso del lenguaje; en la trama la posibilidad de una historia breve y honda. El humor es para nosotros; las tres plantas, cada una en su maceta, viven el drama de la ausencia de la dueña.
Las tres piensan preocupadas en su destino. Quién regará sus raíces si la dueña no vuelve. Quién se acordará de ellas o para quién brotarán las flores. Si el olvido se ocupa de ellas tendrán que buscar la forma salvaje de romper los límites de sus macetas, expandirse para buscar por sí mismas la luz del sol y la humedad.
La santa rita, de Guido Zappacosta cuenta la historia del jardín custodiado por Celia, el personaje protagonizado por Evangelina Ferreira, quien comparece frente a una especie de juez, de cara al público. Su actuación alcanza el punto justo para no caer en un sobreactuado personaje de la representación de alguna de las formas de la locura o la personificación de un exceso humano. Cuenta la historia del día en que “entró el tipo”, y somos nosotros, los espectadores, quienes juzgaremos su obrar una vez finalizado el relato. ¿Puede haber excesos en el celo meticuloso con que se cuida un jardín? ¿No es acaso, el cuidado de un jardín, un modo de organizar la muerte y la vida, imponer un criterio de armonía entre Eros y Tánatos?
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La santa rita |
Celia nos cuenta, con mirada lunática, el modo en que cuida su jardín. Aquella costumbre de hablarle a las plantas yo no sé si se sigue practicando en algún patio de provincia, pero recuerdo, clarísimo, viendo a este personaje, la rigurosidad con que mi abuela le hablaba a las suyas. No estoy tan seguro de relacionar superstición con locura, si juzgamos las cosas por sus resultados. Como Celia, el jardín de mi abuela era radiante. También ella se levantaba muy temprano a la madrugada para regar las plantas. Mientras recuerdo, ahora, a Celia explicando cómo hay que hablarle a las plantas, levanto la vista y miro un potus muerto en la esquina, los restos de una suculenta que no me decido a remover.
Pienso, luego de haber visto estas dos obras, si no habría que tomarse más en serio esto de las plantas. De maneras distintas, son dos piezas teatrales que, si tenemos ganas, más allá del grato momento que nos hacen pasar, nos pueden hacer reflexionar sobre el modo en que nos vinculamos con ellas. En el caso de Mazzaferro son las plantas que hablan entre sí. En el caso de Zappacosta es Celia la que habla con las plantas. ¿Cómo consideramos a las plantas? ¿Son adornos en el interior de nuestra casa? ¿Son el decorado de un patio cualquiera? ¿Están ahí para nosotros o viven por sí mismas? ¿Qué esconden en sus silencios?
Hay vida alrededor y es posible oír los matices de sus verdes. Es el ruido de la rutina el que no nos deja escuchar la sutileza de una fotosíntesis, de un pedido de riego, de una claridad mayor o una menor humedad. Debajo de la tierra algo está sucediendo y dentro de los tallos nada se detiene.
Como el teatro, las plantas siempre se están pariendo a sí mismas. Sentarse a tomar mates entre las plantas, mirarlas y olerlas, suspender el apuro de la rutina; también hacer los kilómetros que hagan falta para presenciar el parto teatral. Quedarse a esperar, saber llegar a tiempo. La botánica del teatro nos va mejorando. El arte del buen espectar requiere la paciencia y la perseverancia del jardinero. ¿Quién puede negar, en todo caso, que las plantas están actuando para nosotros alrededor? Hay que cuidar la escenografía cotidiana, regar el diálogo, polinizar la ficción que nos merecemos para no morir de realidades secas, para no perecer en la esterilidad de las de plástico, para un arte que puja, que sigue pujando para parirse incansablemente. No habrá motosierra suficiente que logre podar los brotes de esta primavera que, simplemente, sucede, y seguirá sucediendo en cualquier sala de parto del arte.
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Parto teatro, Sarmiento 427, Tigre.
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DICEN QUE NO HABLAN LAS PLANTAS
Ficha técnico artística
Dramaturgia: Carolina Mazzaferro
Actúan: Tamara Belenky, Maite Rodríguez Chietino, Joaquín Sesma
Iluminación: Moshe Maya Duarte
Música: Marcos Perrone
Diseño gráfico: Joaquín Sesma
Producción: Joaquín Sesma
Dirección: Carolina Mazzaferro
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LA SANTA RITA
Ficha técnico artística
Dramaturgia: Evangelina Ferreira, Guido Zappacosta
Actúan: Evangelina Ferreira
Vestuario: Lucila Presa
Escenografía: Lucila Presa
Video: Alejandro Cuevas
Música: Braian Arévalo
Fotografía: Antonella Montalván
Arte Gráfico: Clarisa Oliveri
Dirección: Guido Zappacosta
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